Senda Ecológica de la Ribera del Tajo

    » Comarca de las Vegas » Zona Sureste

Datos

Tipo de ruta: No circular.

Dificultad: Baja.

Longitud: 5 kilómetros y 200 metros

Duración aproximada: 2 horas

Desnivel: Baja

Descripción

Ruta que discurre por uno de los pocos sotos que se conservan en el río Tajo. Está señalizada por la Consejería de Medio Ambiente y Ordenación del Territorio. Evitad los días de mucho calor en verano y los días de lluvia. En primavera está “salvaje”, con todas las herbáceas de temporada de más de medio metro de altura, multitud de avifauna, insectos. Los alérgicos deben evitar ir en primavera por la gran cantidad de polen existente en la zona. Es conveniente llevar repelente para los insectos y pantalón largo por la maleza. También hay que llevar agua, pues la única fuente del recorrido está al inicio, en el parque “Las Cuevas”.

Para acceder en transporte público, el medio es el autobús interurbano de la empresa Ruiz, nº 353, que parte desde Ronda de Atocha, 12 (tel.: 914 680 850).

Para acceder en transporte privado hay varias posibles rutas. Si se llega desde el norte de la Comunidad o desde la capital, hay que ir por la A 3 hasta Villarejo de Salvanés, desviarse hacia la derecha por la M 404 hasta Belmonte de Tajo y ahí tomar la desviación a la izquierda por la M 319 (así se pasa por el mejor pinar de pino carrasco de la Comunidad, el de la Encomienda Mayor de Castilla). También en Villarejo se puede tomar la M 321, o bien continuar por la A 3 hasta Fuentidueña de Tajo y desviarte por la M 325 siguiendo toda la vega del Tajo. Si se llega desde la zona de Aranjuez y Chinchón, hay que tomar la misma carretera M 326 en dirección contraria.

VALORES NATURALES:
Uno de los sotos o bosques de ribera más importante que se conservan en la vega del Tajo. Vegetación con carrizo, tarajes, sauces, olmos y chopos. Importante refugio de avifauna (ánades, paseriformes), lepidópteros. Llanuras de aluvión y aspecto meandriforme del río Tajo. Cultivos de secano y regadío en la vega.
Villamanrique ampliar imagen ampliar ›

Descripción detallada

Partimos desde la iglesia de Villamanrique de Tajo, llamada Nuestra Señora de Albuer (0) situada en un alto sobre la vega del Tajo. Desde allí, y con la iglesia a la espalda, descendemos hacia la izquierda por la calle Sur, luego la calle Isla y por último Vistalegre. Es un pequeño descenso por las calles con casas encaladas de esta zona rural de Madrid. Seguramente con nuestro andar se alborotarán los perros que habitan en estas casas, pero no hay problema alguno. Esta primera parte del camino, entre casas y las afueras del pueblo, está caracterizada por la presencia de especies alóctonas, es decir, que no son originarias de la zona, e invasoras. La más común de estas últimas es el ailanto o árbol del cielo, especie que se ha asilvestrado y coloniza todo tipo de suelos. Sus hojas son lanceoladas y sus flores, de color amarillo, dan mal olor. Lo encontraremos en las parcelas abandonadas dentro del pueblo.

Acabamos el descenso entre las casas y llegamos a una pista de tierra amplia, que seguimos a la derecha. Un poco más adelante, a nuestra izquierda veremos la entrada al área recreativa “Las Cuevas” (1) (380 metros y 4 minutos). Nos introducimos allí para conocerla. Hay unos bancos a nuestra izquierda con una fuente y en sombra. Un poco más adelante un puente cruza un canal del río; veremos a sus orillas olmos, sauces y algún taray. También nos aparece a la izquierda un sauce llorón, romero y escobas. Hacia el fondo las pistas deportivas y el verdadero río Tajo, aunque no lo podemos apreciar.

Volvemos a salir del área recreativa y tomamos la pista hacia la izquierda. Es una zona por donde se está ampliando el pueblo con nuevas construcciones, por lo que puede estar en obras, pero es un pequeño trecho. Un corte en el talud del camino, a la derecha, nos deja ver el terreno que pisamos. Es un terreno limoso, producto de los depósitos que va dejando el río al formar su vega.

Llegamos a un lugar, con una valla de alambre para evitar caídas, donde por fin vemos el río Tajo (2) (800 metros y 10 minutos). Aquí el río se nos presenta con sus característicos meandros. Este aspecto meandriforme, en el que va haciendo curvas, es característico de los ríos en la llanura por la falta de pendiente, y supone un proceso cambiante con el tiempo, pues el agua erosiona la parte cóncava del meandro, por eso es más escarpada, y deposita sedimentos en la parte convexa, creando “playitas”. Los ríos, por este motivo cambian mucho con el paso del tiempo en su trayectoria, generando meandros abandonados, cortas o incluso capturas fluviales de un río por otro.

Seguimos por el camino, y al alejarnos del pueblo empiezan a alternarse las especies introducidas, como las moreras, acacias de tres espinas y robinias que encontraremos a mano derecha, con otros árboles propios de la zona, como tarays, álamos y sauces.

El camino hace una curva a la derecha y en un breve descenso nos vamos a encontrar sobre un puente de madera (3) (1 km y 15 minutos). Es una zona muy umbrosa sobre el arroyo de La Vega, que baja seco. En esta zona es donde vamos a conocer el primer árbol de los que componen el soto, el chopo o álamo negro. Esta parte del camino, en torno al arroyo de La Vega está colonizada por numerosos chopos, que sueltan su alfombra de “pelusa” en primavera. El chopo es un árbol de hoja caduca con forma triangular, con profundas grietas en su corteza oscura y que se sitúa en zonas húmedas. Se ha visto favorecido, al igual que el álamo blanco, con numerosas repoblaciones por toda España en las riberas de los ríos. En otoño adquiere un intenso color amarillo.

Salimos de la pequeña vaguada del arroyo y nos vamos a encontrar ya con los campos de cultivo de la zona, que ocupan los ricos y profundos suelos aluviales de la vega. En este caso, los campos cultivados son de maíz y cebada principalmente. Esta zona de cultivos se ha extendido a costa de los sotos, pues son suelos muy buenos para la agricultura, y es la principal causa por la que han desaparecido casi todos los bosques de ribera o han quedado reducidos a una pequeña franja al lado del río, como los que conoceremos más adelante, y que por ello se les denomina bosque galería.

Seguimos por el amplio camino, y a nuestra izquierda nos aparece otro árbol característico del soto, el álamo blanco o álamo, a secas. Aunque son de la misma familia, existen bastantes diferencias entre el chopo y el álamo. El álamo tiene la corteza blanquecina, aunque en ejemplares viejos se va agrietando y adquiriendo un color pardo. Su hoja es diferente a la del chopo, pues es ovalada, con tres o cinco lóbulos, con el embés blanquecino, y al igual que el anterior se torna amarilla en otoño, dando un gran cromatismo al soto. La madera de ambos es bastante buena, sirve para pasta celulosa, para trabajarla en esculturas e imaginería, e incluso para los palos de cerillas.

Continuamos por el camino, sin pérdida, hasta un cruce. A la derecha continua el camino que lleva hasta la depuradora, y donde a unos 100 metros se observa un solitario ejemplar de sauce llorón. Nosotros vamos a continuar por la vereda que continua por la izquierda en paralelo al río (4) (1 km y 700 metros y 30 minutos). En esta zona es normal que se nos cruce alguna liebre o conejo, que podamos ver ranas, ánades y bastantes especies de otras aves.

Con el río a nuestra izquierda, llegamos a una curva en el camino, donde nos van a aparecer otros árboles completamente diferentes a los observados anteriormente. Son los tarays o tarajes (5) (2 km y 100 metros y 40 minutos). Es un árbol más pequeño que los anteriores, que alcanza como mucho los 10 metros de altura. Su corteza es delgada, de color pardo y sus ramas son muy delgadas, muy flexibles, que suelen caer. Sus hojas son muy pequeñas, en escamas, abrazando las ramas y de color verde claro. Las flores en primavera son rosadas y se disponen como racimos de espigas. Vamos a encontrar aquí uno de los pocos tarayales bien conservados de la Comunidad, porque a pesar de ser una especie característica, en pocos lugares encontramos tantos ejemplares de él. Su función dentro del soto es la de fijar con sus raíces los suelos de las orillas, propensos a ser erosionados por el río.

Continuamos por el camino, que se va a estrechar y da paso a una pequeña senda y nos introducimos en el interior del soto. El camino va a estar enmarcado por especies arbustivas como espinos albares, zarzales, rosales silvestres, alguna higuera asilvestrada, juncos, y en las cercanías del agua o dentro de ellas una gran cantidad de carrizo. En esta espesura se nota una temperatura más suave y un ambiente más fresco, por eso, durante generaciones, las personas del interior de España han ido a refrescarse las duras tardes del estío a las riberas de los ríos, con su menor temperatura y su agua fresca. Esta es una de las características del soto, pero podemos enumerar una serie de ellas:
El soto es una zona húmeda, tanto por el agua de los ríos y arroyos como la que posee en el subsuelo. Ya hemos indicado cómo regula el clima, pues suaviza las temperaturas y crea un microclima local, al reducir el calor y aumentar la humedad del aire. Evita la erosión por parte del río, pues las raíces de los árboles y arbustos agarran fuertemente el suelo, evitando su arrastre en las crecidas. Esta misma presencia del agua hace que crezca tanta vegetación asociada a la misma, y además sea muy variada. Son también un filtro biológico natural, pues las plantas absorben los nitratos, fosfatos y nutrientes del agua y mejoran la cantidad de oxígeno en el agua.

Otra característica de la importancia de los sotos es que son un gran nicho ecológico, pues son el hábitat de numerosas especies de aves, mariposas, peces, mamíferos, anfibios y reptiles, así como zona de reposo de las aves migratorias. Podemos enumerar aves como el petirrojo, carbonero, herrerillo, oropéndola, pito real, paloma, alcaudón, búho y mochuelo entre otras en el soto; pato cuchara, ánade real, ánade silbón, focha, polla de agua y garza entre los carrizales del río; libélulas, zapateros, sapo común, salamandra, culebra de collar, culebra de agua y galápago leproso entre los insectos, anfibios y reptiles, y en el agua del río Tajo carpa, bermejuela, gobio, trucha y barbo entre otros. Estas especies y otras muchas encuentran un refugio en estos sotos, y crean una compleja cadena trófica.

Seguimos por el interior del bosque y aparece una señal de la senda (6) (2 km y 360 metros y 45 minutos). Entre la espesura podemos distinguir los álamos, espinos albares y tarays, y nos va a aparecer otro árbol, de hojas lanceoladas de color claro, que se sitúa en las cercanías del río, es
el sauce, árbol de corteza parda, que alcanza los 20 metros y que tiene la función de proteger los márgenes del río con sus potentes y ramificadas raíces. Sus ramas, con sus hojas lanceoladas, son muy flexibles. Junto a él, y formando agrupaciones densas en contacto con el agua, aparece el
carrizo , una hierba peremne, que sirve de refugio y zona de nidificación e invernada a numerosas aves.

Pasamos entre dos álamos y subimos una pequeña cuesta. Nos encontramos con una balaustrada de madera a la izquierda, puesta para evitar caídas por el terraplén del río y llegamos hasta una caseta de observación de aves (7) (2 km y 570 metros y 50 minutos). Se ha dispuesto esta caseta en un meandro del río, en una zona donde poder observar mayor cantidad de lámina de agua y más cantidad de aves. Si nos fijamos en la otra orilla, que ya pertenece a Toledo, vemos cómo el bosque de ribera ha desaparecido por completo, sustituido por cultivos. Tan solo restan algunos tarays y una gran cantidad de carrizos.

Avanzamos, pasamos por un claro lleno de cardos y alcanzamos otro resto del soto, con un merendero (8) (2 km y 600 metros y 1 hora). En esta zona el río hace otro cerrado meandro hacia la derecha. En medio del soto aparecen varios juncos, que indican la presencia de agua cerca de la superficie. También nos aparecen muchos carrizos, que en parte nos impiden ver el agua y chopos. Al extremo opuesto del soto, y en las cercanías de los campos de cultivo, encontramos otra especie representativa, el olmo. Éste ha tenido un grave retroceso en las últimas décadas por la plaga de la grafiosis, pero parece que en algunos lugares se han conservado sin que les afecte la enfermedad. Es el árbol del soto que necesita para subsistir menos agua, por ello aparece en la zona más alejada del agua, ya en contacto con la vegetación que no es propiamente ribereña. Es un árbol que puede durar hasta 800 años de vida y se le reconoce por su corteza pardo oscura (en muchas zonas se le conoce popularmente como negrillo), con unas hojas dentadas y tacto áspero.

A partir de aquí, la senda marcada por la Consejería de Medio Ambiente queda difuminada entre la maleza, que borra el camino, y la linde de dos parcelas. Si queremos continuarla, hay que desviarse en 90º del río hacia la derecha y encontrar el paso entre dos parcelas y dirigirnos hacia un edificio que se halla a unos 400 metros, que es la depuradora. Una vez allí, por un canal elevado desviarnos a la derecha y alcanzar el amplio camino que pasa por delante de la puerta de la depuradora. Más adelante encontraremos el sauce llorón que vimos en la distancia anteriormente y llegaremos a la bifurcación. Seguimos por la izquierda y desandamos la ruta que hicimos al principio.
Este camino es un poco complejo por la maleza reinante, los campos labrados con sus terrones removidos y los daños que podemos hacer a los cultivos si somos un grupo numeroso. Es mejor volver sobre nuestros pasos y volvernos a deleitar con el sonido y el frescor de estos sotobosques madrileños hasta llegar al pueblo de Villamanrique.

Fuente: Comunidad de Madrid

Fotos de Senda Ecológica de la Ribera del Tajo

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